Éxtasis de la Beata Ludovica Albertoni, por Gian Lorenzo Bernini, (Barroco Italiano), Iglesia de San Francesco a Ripa, barrio del Trastévere, Roma, Italia, 1671—1674



Promotor: Familia Altieri
Escultor: Gian Lorenzo Bernini (Artista Universal)
Nombre oficial: Éxtasis de la Beata Ludovica Albertoni
Tipología: Escultura de bulto redondo o entero
Estilo: Barroco Italiano
Escala: Un poco mayor que el natural
Dimensiones: 188 cm. de largo
Material de la escultura principal: Mármol blanco de Carrara
Resto de materiales: Estuco (ángeles y paloma blanca);
madera policromada en relieve y pintura al óleo sobre lienzo
Tema: Religioso, la escultura recrea un éxtasis místico o divino
Fecha de realización: 1671-1674
Nombres alternativos: Beata Ludovica Albertoni
Localización: Capilla Altieri, Iglesia de San Francesco a Ripa, Roma, (ITA)


En la misma línea que el Éxtasis de Santa Teresa y en la plenitud de su carrera, -también para limpiar el nombre de su familia-, Bernini crea en los últimos años de su vida la majestuosa escultura de la Beata Ludovica Albertoni (1474-1533) para la capilla Altieri de la Iglesia de San Francesco a Ripa, localizada en el barrio del Trastévere, Roma, Italia. La concepción escultórica de Bernini es pictoricista, donde cobra especial importancia la luz, —que entra magistralmente por una claraboya lateral oculta a la capilla y que fluye sobre su rostro—, así como por el virtuosismo de los pliegues del ropaje, convirtiéndose en uno de los mejores ejemplos del arte barroco italiano. En religión, el término éxtasis podría definirse como « un estado del alma caracterizado por cierta unión mística con Dios mediante la contemplación y el amor, y por la suspensión del ejercicio de los sentidos ». Ludovica Albertoni fue una noble romana que, tras la pérdida de su esposo, Giacomo della Cetera, dedicó su vida por entero al servicio de los pobres de la ciudad. Bernini conocía bien a Ludovica, ya que ésta había manifestado en repetidas ocasiones haber vivido experiencias de visiones y éxtasis místicos, de modo que fiel a la imagen que tenía de ella, el artista quiso representarla en el momento previo a su muerte; abajo, detalle del rostro que representa a la beata.


Aparte de los divinos drapeados, en la escultura destaca por encima de todo el rostro cargado de gran dramatismo y profunda agonía, -debatiéndose prácticamente entre la vida y la muerte-, recreando un auténtico "éxtasis divino"; la luz celestial que entra magistralmente por la ventana oculta, refleja el encuentro inminente con el Señor.

Debido al virtuosismo (la perfección) alcanzado por Bernini en la ya madurez de su carrera, —la escultura principal posee una gran calidad y perfección técnica—, la convierten, junto con el Discóbolo de Mirón, la Victoria alada de Samotracia, el Pensador de Rodin o la Piedad de Miguel Ángel, entre otras, en una de las esculturas más geniales de todos los tiempos. No obstante, la capilla Altieri presenta una bella escenografía y gran teatralidad, características del barroco. Bernini nos muestra a Ludovica en posición reclinada, (composición en diagonal), con las manos estremecidas sobre su pecho, enfatizando de esta forma el foco mas fuerte de la composición que se centra en el rostro de la Beata y que, con la conciencia totalmente perdida, simula un éxtasis místico o divino. Asimismo, dos grupos de ángeles querubines (ambas composiciones triangulares) realizados en estuco velan por el alma de la Beata, -algunos incluso contemplando la escena atónitos-, cuyos restos mortales descansan bajo el sepulcro del altar monumental, que fue decorado por el propio Bernini. Todos los detalles de la capilla, incluyendo por supuesto la luz celestial que entra por la claraboya oculta, forman parte de la obra como un todo.


arriba, vista general de la capilla Altieri dedicada a la Beata Ludovica Albertoni, en la que prima un punto de vista único y frontal. La obra define muy bien el término conocido como "Bel Composto", que consiste en fusionar arquitectura, escultura y pintura en la misma obra, y del cual Bernini, según sus biógrafos, es precursor.

El resto de elementos que componen el altar se corresponden con un bello lienzo de La Virgen y El Niño con santa Ana obra de Giovanni Battista Gaulli (el Baciccio), una paloma blanca en lo alto que representa al Espíritu Santo, así como bellos motivos ornamentales de tonos dorados realizados en madera y en relieve, que contrastan con la bellísima escultura tallada en mármol blanco. Tal y como ya había realizado de forma magistral en la capilla Cornaro de la misma ciudad, esculpiendo una de sus obras más notables, el Éxtasis de Santa Teresa, Bernini aplicó también aquí el concepto "Bel composto" (composicicón bella), demostrando así que las tres bellas artes por excelencia: arquitectura, escultura y pintura pueden fusionarse y convivir juntas de forma bella creando un marco arquitectónico incomparable. Bernini se mostró muy caprichoso y perfeccionista con sus últimos trabajos, incluyendo a su Salvator Mundi, (considerada su última obra), en una especie de búsqueda del perdón de los pecados cometidos por el gran desamor sufrido con su eterna amada y nunca olvidada Constanza Buonarelli, aceptando en los últimos años de su vida fundamentalmente pequeños encargos de temática religiosa; abajo, retrato de viejo de Bernini, mostrando su aspecto tan sólo una año después de esculpir a la beata.


Retrato de viejo de Gian Lorenzo Bernini, 1675, (Barroco Italiano), por Giovanni Battista Gaulli, Óleo sobre lienzo, Scottish National Gallery, Edimburgo, Escocia.

« Las obras de arte no son producto del raciocinio, sino de la inspiración, del "furor divinus"... », Gian Lorenzo Bernini


« A raíz de la beatificación, la familia Altieri decidió dedicarle un altar en su capilla de la iglesia de San Francisco a Ripa, en Roma. Inmediatamente después, el cardenal Paluzzo Albertoni Altieri encomendó la obra al gran escultor Gian Lorenzo Bernini (1598-1680), quien años antes había esculpido el "Éxtasis de Santa Teresa" para la Capilla Cornaro y se encontraba ya en la madurez de su vida y de su arte. En enero de 1674, acabada la obra, se hizo el reconocimiento de los restos de la Beata que, seguidamente, fueron depositados en el nuevo y magnífico sepulcro de mármol, donde se encuentran todavía hoy. Sobre el altar del sepulcro se colocó la estatua de Bernini que representa a la Beata, en tamaño mayor que el natural, no ya difunta, sino reclinada en el éxtasis místico en que murió. En su rostro se reflejan a la vez el sufrimiento humano y la felicidad celestial. Ella vivió repetidas experiencias de visiones y éxtasis místicos, y Bernini, fiel a la imagen que tenía de Ludovica, quiso representarla en el momento de su muerte, pero transformando ese lance dramático en un momento de éxtasis y de unión mística con su Señor. El mismo Bernini decoró el marco de la pequeña capilla, en la que se filtra la luz a través de una claraboya invisible, que cae como un chorro luminoso sobre el rostro de la beata ».


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