¿Sabías qué...? de la semana: Columnata de la Plaza de San Pedro | Roma | Gian Lorenzo Bernini



Columnata de San Pedro |

Roma | Gian Lorenzo Bernini




¿Sabías qué...? La monumental Columnata de San Pedro en Roma utiliza la metáfora de unas manos que ofrecen el gesto de acoger y perdonar a Bernini por lo ocurrido en 1637; éstas manos no son otras que las de su amada y querida Constanza, con la que Bernini sufrió el gran desamor y de la que como él mismo afirma, nunca se olvidó. Después de un sueño, la propia Constanza le daría a Bernini la idea para el proyecto de la Plaza de San Pedro del Vaticano. Bernini recibió el encargo de la remodelación de la Plaza de San Pedro en 1656 por parte del papa Alejandro VII, obra que se concluiría en 1667, y que con capacidad para 300.000 personas, sigue siendo en la actualidad una de las plazas más grandes del mundo.



Busto de Constanza Bonarelli, 1636-37, (Barroco Italiano), Escultura en mármol, 70 cm. de altura, Museo Bargello, Florencia (Italia)

Para ponernos en antecedente, hay recordar que en el año 1637 se producía un hecho trágico en la vida de Bernini, la traición de Constanza y su hermano Luigi. Bernini se había enamorado locamente de Constanza Bonarelli, (la mujer de uno de sus colaboradores), en 1633. Debido a sus sospechas, —corría el rumor de que Constanza y Luigi, su hermano pequeño, estaban juntos—, de modo que Bernini ideó un plan para averiguar este hecho en persona. Éste dijo que salía al campo y por tanto no iba a estar en la ciudad (Roma); nada más lejos de la realidad. Al alba, va a casa de Constanza, observa y espera. De pronto, aturdido y perplejo, ve como su hermano Luigi y Constanza se despiden en la puerta con un beso apasionado después de haber pasado una noche de amor y de lujuria.







La mujer de la que Bernini se había enamorado locamente y su hermano le habían traicionado. Inmediatamente se produce una casi mortal persecución por las calles, plazas y puentes de Roma hacia San Pedro y, finalmente, después de darle caza, Bernini propina a su hermano Luigi una brutal paliza que casi acaba con su vida rompiéndole dos costillas. Es importante señalar que la pelea fue tan fuerte y terrible, que se necesitó una carta de la madre de Bernini a la guardia papal para separarlos. El hecho todavía aún más trágico se produciría más tarde, cuando, motivado por sus enormes celos, Bernini envió a un sirviente a casa de Constanza para desfigurarle la cara en señal de venganza.



Retrato del papa Urbano VIII (antes Maffeo Barberini), 1631-32, por Gian Lorenzo Bernini, (Barroco Italiano), Óleo sobre lienzo, Galería Barberini, Roma, Italia

No hay que olvidar que el papa Urbano VIII, —su principal mecenas y quien se había convertido en su mejor amigo—, no sólo protegió a Bernini de esta falta gravísima, sino que además, pagó la multa de 3000 escudos impuesta por el intento de asesinato a su hermano. "Te condeno a casarte con esta mujer (Catalina Tezio) para que te olvides de todo lo sucedido", le dijo el papa a Bernini, por cierto, "es la mujer más bella de toda Roma".



arriba, vista de la Plaza de San Pedro proyectada por Bernini desde la linterna de la Cúpula de Miguel Ángel con el Puente de San Angelo (rediseñado por Bernini) al final de la Vía de la Conciliación, al fondo; abajo, planta de distribución



Historia de la Columnata de la Plaza de San Pedro:

« Mil veces bendito me siento. ¡Cielos!, si todo aquel que contempla esta elipse rodeada de ordenada geometría pétrea, si todo aquel que se siente abrazado por su proporcionada frondosidad travertina, si todo aquel que se siente abrumado por la tensión sobrehumana que se experimenta desde su centro, supiera la dicha que me abrumó cuando la idea bajó sobre mí como si fuese obra del mismísimo Espíritu Santo... Pero no. Es imposible, en esas circunstancias en que el genio sopla con la fuerza de cien Eolos, comunicar el sentimiento que alberga a quien, bendito elegido, goza de la dicha de una idea sobrevenida, quizás enviada, a instancias de la misma divinidad. ¿Cómo no sentirse un privilegiado? Varias ideas, más vulgares, aunque bien proyectadas, fueron desestimadas antes. Ideas que se obstinaban en pergeñar en forma rectangular la plaza a la que se asoma la Basílica; nada nuevo, por solvente que fuese su realización, por majestuosa que se resolviera su puesta en escena. No, nada de eso convencía a mi genio, ni a la voluntad de Alejandro VII. Él -y yo- quería algo más... excepcional, más nuevo, más... definitivo. Y la idea llegó. Yo, dichoso entre los dichosos, fui el afortunado en quien se encarnó el pensamiento arquitectónico de Dios.



Autorretrato como hombre maduro, 1635, (Barroco Italiano), Óleo sobre lienzo, 62 x 46 cm., Galería de los Uffizi, Florencia (Italia)

Pero, no; no quiero ser timorato. Ya no. Al fin y al cabo, ¿qué pierdo o qué gano si desvelo ahora cuál fue la génesis de esta idea genial? ¿Estarán preparados los oídos de los escépticos, de los incrédulos, de mis críticos acerbos, a escuchar la verdad de una revelación? ¿Con todas sus consecuencias? Se me achacará fijación de ideas. Mas, ¿qué es el hombre sino el resultado de un carácter singular que se empeña en ser el que es? De todas formas, lo que voy a relatar no desmiente lo más mínimo lo dicho más arriba sobre el origen divino de la idea sobrevenida, antes bien, lo refrenda como seguidamente se verá.







Ya se ha narrado aquí esa etapa de mi vida en que me vi envuelto por la irracional dicha de un amor apasionado, y padeciendo, después, la no menos irracional desesperación por el desamor acaecido; ambos sentimientos encarnados en la adorable persona de Constanza Buonarelli. Ya se contó que esa irracionalidad me llevó a realizar un acto execrable; los celos son el peor de los demonios en un ser humano, le obligan a cometer las mayores atrocidades en nombre del amor despechado. ¡Amor! habría que inventar otra palabra para hablar del sentimiento de desamor que conocemos como celos, y no implicar un término tan bello y deseable (amor, palabra hermosa y necesaria para la existencia; más aún que el aire o el alimento). Pues bien, se recordará que mandé desfigurar a aquella que amé sobre todas, aquella que me hizo soñar paraísos y forjar realidades materializadas en sensibles y expresivas obras de arte. Los remordimientos no me han dejado de acompañar desde entonces, bien en sueños, bien en ensimismamientos.

« Son los brazos de la Iglesia que acogen a todos los católicos para reforzar su fe. », Gian Lorenzo Bernini






Andaba yo por aquellos días buscando una solución a la Plaza de San Pedro. Desestimadas propuestas demasiado familiares... cuando tuve el sueño. Sí, cuántas genialidades se deben a la intervención de nuestro inconsciente, de nuestra alma silente, esa que cobra vida cuando el alma vigilante duerme: ¿irracional?, no lo creo. Es nuestra alma silenciosa, que actúa sin propaganda, al abrigo de las estrellas y la luna. Soñaba yo ese día, como otros, con Constanza (veintidós años habían pasado ya desde el luctuoso suceso, mi actuación ignominiosa). Era un sueño al principio difuso, informe, más una sensación que un cuadro definido. Poco a poco fue definiéndose: recuerdo que yo me sentía penitente, que le rogaba perdón, y que para ello, de rodillas, alzaba los brazos hacia ella; ella me sonreía, con su cara horrorosamente desfigurada, me sonreía... De pronto, su rostro se despojó de las heridas y cicatrices, como si mudara la piel, dejando el hermoso cutis que siempre tuvo en todo su esplendor: aquellas mejillas de suaves curvas, aquella frente despejada,... su cabeza comenzó a transformarse, tomó la forma de una gran cúpula sonriente, siempre sonriente, con ojos de perdón infinito; después, tendió sus brazos hacia mí, unos brazos surcados por hilos de sangre procedente de sus manos horadadas,... y me abrazó, me acogió en su seno, con una capacidad de compasión y de amor inmensa. Fue un abrazo de perdón, de comunión con un sentimiento que siempre prevaleció sobre todos los demás, un abrazo que me infundía amor, y con él, me fue donada la idea: me acababa de transmitir la solución a la Plaza de San Pedro.






Al día siguiente, temprano, corrí al Palacio Apostólico, pedí ver a Su Santidad y le conté la idea, ocultándole la génesis, obviamente: la Basílica de San Pedro representa a la Iglesia, fuente del Amor infinito de Dios a los hombres por quienes sacrificó a su Hijo; y es tal su amor que abraza a los fieles y perdona sus ofensas por graves que hayan sido. La representación de esa actitud es el abrazo: la Plaza debía ser, pues, elíptica, como dos brazos abiertos dispuestos al abrazo. Y esos brazos deberían ser abiertos en toda su extensión, para acoger desde cualquier punto cardinal a todos cuantos allí llegasen. Los brazos estarían formados por columnas. Serían brazos en forma de pórtico, de columnata arquitrabada. Delante de él, entusiasmado, le hice un primer bosquejo. Le dije que dentro de la Plaza bien se podría acomodar el obelisco que ahora se situaba en el costado sur, y, a ambos lados de éste sendas fuentes, la que ya existía de Maderno, y otra idéntica realizada por mí. Esto ayudaría a re-alinear el nuevo eje. Alejandro VII se entusiasmó aún más que yo. La simbología le encantó. Es más, la dotó de metafísica y dispuso se realizase una justificación escolástica del círculo como representación de Dios en la Tierra.



Este fue el origen de la Plaza de San Pedro tal y como ahora se conoce. La pena es que se dejara abierta, pues yo había previsto cerrarla con un tercer cuerpo porticado. La historia ha demostrado que yo estaba equivocado y que fue lo mejor dejarla así para que la Vía Alessandrina fuera el preámbulo ideal de entrada a este marco incomparable », Gian Lorenzo Bernini







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